¿El estilo puede ser gracioso?

Para bien o mal, la incipiente marca Betabrand de San Francisco trae algo de gracia al arte de vestirse bien.
Estilo   |  2015-09-08  Matt Haber



¿Necesitas más pruebas de que las máquinas toman control? Esta primavera en San Francisco, una flotilla de drones a control remoto reemplazaron a algunos de los trabajadores más básicos de la humanidad: los modelos de pasarela.

Los drones, envueltos con trajes vacíos, flotaron ominosamente —y un poco ridículamente— sobre la pasarela en el Silicon Valley Fashion Week? (el signo de interrogación es parte del nombre), un evento irónico de tres días presentado por Betabrand, una compañía que crea atuendos y accesorios para la pequeña astilla en el diagrama de Venn en donde lo geek se encuentra con lo chic. 

Fundado por un ejecutivo tecnológico y alguna vez escritor de comedia Chris Lindland, Betabrand utiliza memes tipo Reddit, viralidad merecedora de Buzzfeed y financiamiento en masa tipo Kickstarter para crear atuendos novedosos que ocasionalmente se inclinan por lo innovador. Justo como Armani definió los 80 al vestir a los accionistas de Wall Street y agentes Hollywood, Betabrand se esfuerza por ser nada menos que un productor de uniformes para los ñoños que codifican nuestro mundo conectado. Y esos codificadores, en todos lados, quieren estar cómodos.

Entre lo más vendido de la empresa están los Dress Pants Sweatpants ($108 USD) y Dress Pant Yoga Pants para las damas ($78 USD), que esconden el confort de la ropa de descanso entre las líneas definidas de pantalones diseñados para arar hojas. La Pinstripe Executive Hoodie ($168 USD) es una versión actualizada de la distintiva sudadera de Mark Zuckerberg que es parte traje, parte broma. Luego están los Gay Jeans ($98 USD), con corte slim y cocidos con hilos de arco iris que literalmente “salen” conforme envejece la mezclilla. Menos popular, pero no menos creativos, está la Poop Emoji Button-Up Shirt ($88 USD) y los combinables Poo Emoji Light Wing Shoes ($88 USD).



Con toda su creatividad, la mayor interrupción de Betabrand a la moda está en la forma en que ha financiado en masa su proceso de diseño. En marcas más establecidas, los diseñadores conciben la moda de la siguiente temporada en secreto y con cuidado lo sacan al mercado para quienes dictan tendencias y los editores fashion. El consumidor tiene pocas opciones, o las sigue o se queda atrás.

“Al final de cuentas, las decisiones de qué productos consumes las toman un grupo selecto de dioses estéticos”, dice Lindland. “En algunos casos, el talento es tan maravilloso que ofrece productos que realmente son geniales. En otras ocasiones, involucra decisiones que no pegan”. Betabrand, por otro lado, pone de cabeza al método al llevar con frecuencia a sus clientes al proceso de diseño desde el inicio.



El escepticismo de Lindland sobre los modelos viejos es en parte una  consecuencia de estar ubicado en el Área de la Bahía, en donde cientos de empresas incipientes “se mueven rápido y rompen cosas”, pero también es un reflejo de su personalidad. Al hablar con él en el showroom y laboratorio de diseño de dos plantas de Betabrand en el distrito Mission, te quedas con la sensación de que Betabrand es una broma que creció a un negocio y que Lindland es un bromista que se convirtió en CEO.

El humor bobo de Betabrand se refleja en el de Lindland: un piloto de televisión que trata sobre un combatiente del crimen que utilizaba una “barba abeja” (que es justo lo que suena). Es difícil imaginar que a Karl Lagerfeld se le podría ocurrir eso.



Claro, los hombres en la industria de la moda tienden a ver hacia abajo a Betabrand. No se sienten precisamente amenazados, pero hay algo vagamente perturbador sobre la idea de democratizar el proceso de diseño. Además de pedir retroalimentación de posibles clientes, Betabrand los invita a convertirse en colaboradores al meter sus ideas a su Think Tank, un vertical financiado en masa en donde los clientes votan con sus precompras. Si suficientes personas se comprometen a comprar algo, Betabrand lo hará, sin importar lo ridículo que puede ser.

Tomemos al Suitsy, un traje de una pieza, camisa y corbata de 378 dólares que se vio alrededor de la red y en noticieros como Good Morning America. Lindland concede que es menos un atuendo que un disfraz para Halloween. Peor incluso, “de cierta forma es un disfraz desafortunado porque los mejores disfraces son baratos y chistosos. Éste es caro y chistoso”. Pero el hecho de que la idea de que Suitsy saliera de un desarrollador de viviendas, lo convierte en el ejemplo perfecto de la idea de Betabrand. “Fue una de esas experiencias extrañas y maravillosas para mí”, dice Lindland. 

Otro producto que se originó con un colaborador externo es el Solitaire de 188  dólares, un overol para mujeres diseñado por la comediante Margaret Cho. Y con bolsillos al frente, atrás, en la pierna y escondidos en el pecho, está diseñado para duplicarse como una bolsa wearable. “Para mí es el atuendo perfecto”, dijo Cho. “Puedes ser autosuficiente y tener las manos libres”. Cho ya está soñando con una versión lujosa 2.0 hecha de piel o “una delgada piel de cordero que pueda respirar”. 

¿Quién sabe? Si suficientes clientes le entran, podría ser la siguiente gran cosa     —aprueben los guardianes del chic o no—. “Ni siquiera tenemos que trabajar en esto”, se maravilla Lindland. “Sólo sucede”. 

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Foto: Jake Stangel