Carrera a la cima

El montañista Kilian Jornet está en una misión: escalar la cima más alta del mundo más rápido que cualquier hombre vivo. Pero hay un problema: Karl Egloff también está buscando hacerlo.
Hombre Maxim   |  2016-01-14  Gordy Megroz



La competencia intenta emborrachar a Kilian Jornet Burgada. Es la segunda semana de julio y Jornet, de 27 años, viajó desde su casa en Chamonix, Francia, a Silverton, Colorado —la mancha de un viejo pueblo minero con 600 habitantes en promedio—, para enfrentarse al Hardrock 100, la carrera a pie de 160 kilómetros  a través de las montañas circundantes San Juan. Hace unos minutos, un corredor con un gorro que leía “LIVING THE FUCKING DREAM” le dijo que habría tequila disponible en una de las estaciones de ayuda durante el evento de mañana. Ahora un par de corredores le proponen un licor vespertino en la cantina local.

“¿Quieres ir a tomar un shot?”, uno pregunta. 

“¡Ja!”, dice Jornet. “¿Sí?”.

“¡Sí! Mañana es cumpleaños de mi amigo y tenemos que celebrar”. 

Es una estrategia decente para intentar frenar a Jornet, el campeón titular de Hardrock, pero no funciona. “En realidad no me gusta beber”, me dice. Además, probablemente ni siquiera una cruda obstaculice al hombre que algunos consideran el mejor atleta de rendimiento de todos los tiempos.

Jornet ha ganado, en sólo 10 años, casi 100 ultramaratones, que son definidos como carreras de más de 50 kilómetros. Seis de los últimos siete años, se ha llevado el título de la serie mundial Skyrunner, el premio más prestigioso en carreras de montaña. En el invierno, en lugar de colgar los tenis y meterse a un sauna, compite en carreras de esquí de montaña, en donde atletas suben varios cientos de metros a cimas nevadas, bajan esquiando y lo vuelven a hacer durante horas. En ese deporte, Jornet tiene cuatro títulos de la Copa Mundial. Y no sólo gana carreras; aniquila los records.

El año pasado, al competir en su primer Hardrock —que obliga a corredores a subir 10,000 metros por montañas abruptas y suele considerarse como una de las pruebas más duras del ultramaratón—, Jornet ganó con 22 horas y 44 minutos, superando el antiguo récord por una hora y 22 minutos. Y para Jornet, el Hardrock es una carrera de entrenamiento. Su verdadera pasión es fijar records de velocidad en caminos y montañas famosos. En el 2009, corrió el Tahoe Rim Trail de 264 kilómetros en 38 horas y 32 minutos. Durante el esfuerzo, durmió 90 minutos y aún así rompió el récord por siete horas. En el 2010, acribilló el monte Kilimanjaro en siete horas y 14 minutos. El viaje redondo le toma un promedio de siete días al tipo común.



Los records son conocidos como FKT por Fastest Know Times. Y aunque Jornet no inventó el género, sin duda lo ha popularizado. En el 2012 trazó planes para un objetivo audaz. En cuatro años, anunció que fijaría el FKT en lo que él llama el top siete de “las montañas más importantes del planeta”, incluida Denali de Alaska, Aconcagua de Argentina y la famosa cima piramidal de Suiza, Matterhorn. Le llama a su proyecto Summits of My Life y su prueba final es el monte Everest. Cree que puede subir y bajar por la cara norte de la montaña más alta del mundo sin oxígeno adicional en sólo 40 horas.

En julio de 2013, Jornet dio el primer paso al fijar el FKT en Mont Blanc, una cima de 4,800 metros en el patio trasero de Chamonix. Sólo un mes después, palomeó el Matterhorn con un remarcable tiempo de dos horas y 52 minutos, 20 minutos más rápido que el récord de 1995. En diciembre de 2014, superó el tempo del Aconcagua como por una hora. Una vez más, parecía que Jornet era invencible.

Y luego, de repente, no lo era. 

En agosto de 2014, los tableros del FKT comenzaron a parpadear con noticias impactantes. Un hombre ecuatoriano previamente desconocido llamado Karl Egloff había subido y bajado el Kilimanjaro en seis horas y 42 minutos, destruyendo el récord de Jornet por 32 minutos. Algunos lo consideraron una casualidad. Luego, siete meses después, lo volvió a hacer rompiendo la marca de Jornet en el Aconcagua.

“La gente estaba impactada”, dice Juzz Burrell, un ultracorredor que fijó el FKT en John Muir Trail en el 2000. “Kilian es el mejor corredor de montañas —posiblemente en la historia—. Así que fue sorprendente ver que lo vencieran”. 

Los fans no sólo estaban sorprendidos, sino enojados. Jornet, un hombre humilde con voz suave, barba tipo adolescente y rizos negros, había pasado 10 años ganando su adoración. Ahora su reino se veía amenazado. Goliat no había caído; lo había hecho Lou Gehrig.

“La gente me escribió y dijo que destruía el mundo de Kilian”, me dijo Karl Egloff de 34 años, cuando me contacté con él a través de Skype. Egloff tiene cabello rubio y corto, y una cara angular. En todo momento se ve, casi perversamente, feliz, con una gran sonrisa y ojos azules como cierva. Atrás de él, las paredes de la casa en Cumbaya, Ecuador, que comparte con su prometida, Adriana, están llenas de fotos de alpinismo. “Dicen que mentí sobre mi tiempo en el Kilimanjaro”, comenta. “Pero no puedo reaccionar con emociones. Los fans pueden estar locos”.

A diferencia de Jornet, Egloff no tiene antecedentes de corredor o montañista. Cuando tenía 16 años, su madre murió y nueve meses después fue enviado a una escuela en Suiza. Al estar ahí, le entró al futbol. Egloff se quedó en el país durante ocho años jugando en varios equipos regionales. También mostró un potencial superior de un atleta de rendimiento. “Iba al gimnasio antes del futbol y a paseos en bicicleta después de los partidos”, describe. “Mis colegas siempre me dijeron que la tomara tranquilo porque era hiperenergético”.

Cuando regresó a Ecuador en 2007, fundó una empresa de guías de montaña y llevó a los clientes alrededor del mundo a subir cimas. “Mi padre trabajó como guía de montaña”, explica. “Así que parecía algo natural para que yo lo hiciera”. Para saciar su naturaleza incansable, también comenzó a hacer bici de montaña y fue suficientemente bueno para competir en el tour de la Copa Mundial. Pero seis años después, lo dejó. “Estaba en el lugar 80 del mundo”, dice. “Si quería mejorar, tendría que dejar Ecuador y no deseaba hacer eso”. 

En su lugar, metió sus esfuerzos a su trabajo como guía y comenzó a soñar con los FKTs. “Mis amigos guías me inspiraban”, cuenta. “Me dijeron que podía ser bueno en eso y romper records”. Durante un viaje con un grupo de clientes al Kilimanjaro en el 2014, decidió intentarlo.



La mañana del 13 de agosto, sólo tres días después de llevar a los clientes a la cima y de regreso, Egloff se detuvo en la estación del guardabosques para registrar su tiempo de inicio —oficiales de FKT también piden clavar una bandera en la cima y tomar una foto— y comenzó a correr. Tenía mucha confianza. Había estado en África cuatro semanas, estaba totalmente aclimatado y conocía bien la montaña por llevar a los clientes de arriba a abajo 10 veces. Pero también tenía un arma secreta. “Leí lo que Kilian había escrito sobre su viaje al Kilimanjaro, así que sabía los lugares que eran más rápidos”, dice. “Estaba al tanto de que sólo necesitaba ser un poco más rápido en esas secciones”.

Egloff se fue hacia la neblina, preocupado de haberse perdido. Cuando pasó a través de Lava Rock más rápido de lo que lo había hecho Jornet, sabía que estaba en buena forma. Al pasar a través de la reja final al pie de la montaña, fue recibido con vitoreo y abrazos, la mayoría de extraños. “Maleteros llegaban y besaban mi gorra porque creen que pueden tomar tu energía de esa forma”, cuenta.

La adrenalina de la experiencia consumió a Egloff. “Pensé: rompí un récord”, dice. “Puedo ir por algo grande”. Comenzó a agregar montañas a su lista de éxitos. Aconcagua. Denali. Everest.

“No intento romper las marcas de Kilian”, dice con una risa. “Pero decidí que quiero tratar de fijar los records de las Siete Cumbres y resulta que Kilian tiene los records en muchas de ellas”.

Para cuando Egloff había regresado del Aconcagua, seis meses después de su conquista del Kilimanjaro, por lo menos una persona sabía quién era. Cuando se metió a su computadora, vio que Jornet le había dejado una felicitación en su página de Facebook.

Ya había preguntado a Jornet de Egloff. Estábamos en el almuerzo y acababa de dar una mordida a su sándwich de pollo frito (cuando quemas hasta 7,000 calorías al día, puedes comer lo que quieras), limpiaba grasa de su cara asoleada y sonrió. “Es algo cool”, dijo de su competencia. “Y es algo cool para el deporte. Muestra lo que es física y mentalmente posible, y genera más interés. Estoy contento por Karl”.

Mammut, la compañía suiza de actividad al aire libre, también se enteró de Egloff y le ofreció un patrocinio completo para el 2016 para que use los tenis, shorts y chamarras de la marca. “Muchos de estos hombres y mujeres están al filo del fitness y el alpinismo”, dice Gribbin Loring, gerente de marketing de Mammut en América del Norte. “Las historias de FTK tienden a ser muy especiales y a Mammut le gusta apoyar a los atletas que logran estas tretas severas de resistencia”. Egloff no dice cuánto gana de sus patrocinadores al año, pero financia sus intentos FKT que pueden costar hasta 50,000 dólares. “Para mí está increíble”, dice. “Si puedes comer lo que quieras y no sólo para lo que te alcance, está bien”. 

A las ocho de la mañana del día de la carrera, ya entrados 45 kilómetros, veo a Jornet de bajada en un lado inclinado de la montaña rocosa, al costado de una estepa y una aguileña, y rumbo a la primer estación de ayuda de Hardrock en Cunningham.

Es impresionante ver correr a Jornet. En subidas más inclinadas, va gateando, sus manos lo impulsan sobre las rocas y campos nevados. Sus movimientos son suaves y eficientes, y parece tener una habilidad sobrenatural para pegarse a la superficie. Sus bajadas son casi más extraordinarias. Se precipitó por bajadas de 50 grados sobre terreno irregular, sus piernas girando debajo de él con velocidad caricaturesca.

Un día antes, le había preguntado cómo es capaz de correr tan rápido colina abajo y mantenerse erguido. Dijo que tiene tobillos muy fuertes, luego giró su pie derecho a un costado y brincó sobre él cuatro veces, un truco que practica para demostrar su durabilidad. “No puedo lastimarlos”, dice. 

Tanto Jornet como Egloff son psicológicamente dotados de diferentes formas. Jornet tiene un VO2 máx. —una medida cardiorrespiratoria de un atleta de resistencia élite— de 89,5. Ambos hombres tienen torsos esqueléticos y piernas enormes, lo que les da fuerza para correr por montañas sin tener peso adicional en los pectorales y bíceps. Y ambos se han entrenado para comer y beber tan poco como sea posible durante las carreras. “Le enseñaron a sus cuerpos a utilizar la grasa como combustible, que es mucho más eficiente que los carbohidratos”, explica Meredith Terranova, una nutrióloga deportiva que trabaja con ultracorredores. “Y la investigación demuestra que la mayoría de los atletas beben demasiado y eso puede diluir electrolitos y causar estrés gastrointestinal”.



Pero los rivales también tienen sus diferencias. Jornet tiene un entrenamiento freestyle, a veces corre todo el día cuando está de humor. Y se toma días libres cuando siente que realmente lo necesita. Por otro lado, Egloff trabaja con una clínica deportiva para registrar el ejercicio y tiene entrenamientos específicos para días determinados. Eso puede ser una larga y tranquila corrida o un ataque de inclinación, cuando mantiene un ritmo cardiaco a 175 durante 90 minutos. Pero la diferencia más sobresaliente es la forma en que los dos negocian con las montañas.

“Te puedes dar cuenta de que la propiocepción de Kilian está más involucrada que la de Karl”, dice Matt Hart, un entrenador de ultramaratones y columnista en la revista Trail Runner. “Corre sobre cierto terreno y campos con rocas sueltas sin gastar movimiento. Karl es un poco menos eficiente”.

Eso es porque, a diferencia de Egloff, Karl nació para subir. Su niñez la pasó en Cataluña, España, sobre una cima del 2,000 metros en los Pirineos. Para cuando tenía 13 años, competía en carreras de esquí de montaña y corría 80 kilómetros al refugio de la siguiente montaña. Al mismo tiempo, Jornet tuvo una epifanía. Su padre, guía de montaña, con frecuencia llevaba a la familia a paseos, cargando al joven Kilian, su madre y su hermana con pesadas bolsas de suministros. “Lo odiaba”, dice Jornet. “Así que decidí que optaría por ir ligero y prácticamente no cargar nada”. 

En estos días verás a Jornet subiendo y bajando montañas como el Matterhorn con sólo sus tenis para correr, shorts y playera, evitando cuerdas y otro equipo de seguridad en áreas en donde un mal paso podría significar la muerte. Su forma ligera de montañismo ha sido adoptada por otros corredores, incluido Egloff, pero la práctica ha provocado desastres. En el 2012, Jornet y su novia, la ultracorredora Emelie Forsberg, tuvieron que ser rescatados de Aiguille du Midi en Chamonix cuando se acercó el mal clima. “Hice una mala previsión al pensar que habría temperaturas más cálidas y no llevar más chamarras”, Jornet escribió en su página web. “A 50 metros de la cima… el clima empeoró rápidamente y continuó así. Pude haber puesto en peligro a mi compañera y a mí. Decidí hacer la llamada [de rescate]”.

Pero tales reveses no desalientan a Jornet. “Debo ser ligero para ir rápido”, dice. “Y debo ser rápido para fijar records”. 

La última vez que veo a Jornet antes de caer la noche, parece que está listo para fijar otro récord. Se separó del resto del grupo por como una hora y corre por una pendiente moderada, lo observo unos minutos mientras logra una milla de siete minutos, dando pasos ligeros que podrían cronometrarse con un metrónomo. Luego agacha su cabeza y desaparece por una cresta rumbo a la próxima oscuridad, pronto será guiado solamente por la luz de su linterna en la cabeza y el deseo de llevar su cuerpo a lo más lejos que pueda.

A las cinco y media de la mañana, lo veo otra vez mientras cruza la meta Hardrock. Está empapado y lodoso. A pesar de haberse perdido en un gran campo de nieve durante 40 minutos, fijó otro récord —esta vez, con las manecillas en contra—, con 23 horas y 28 minutos. Exhausto de tan sólo seguir la carrera, únicamente me sale una pregunta: ¿Cómo? “Sencillo”, dice Jornet: “Sólo seguí avanzando al mismo ritmo”. 

Un mes antes del Hardrock, Karl Egloff voló a Francia para entrenar en las montañas. “Quería ver el Mont Blanc y darme una idea del lugar”, dice. “Ver lo que podría ser fijar un récord ahí”. Egloff nunca había conocido a su adversario antes, pero planeaba llamarlo al llegar para ver si Jornet quería reunirse. A dos días del viaje, Jornet aceptó. “Cuando los atletas se conocen, no vamos por café”, dice Jornet. “Fuimos a correr”. 

Los dos hombres se reunieron en Mont Blanc, compartieron un huesudo abrazo y trotaron por uno de los glaciares de la montaña, con vistas de cimas nevadas y el valle verde moteado de flores abajo. En el camino, hablaron de política en sus respectivos países, sobre luchas en las montañas y de sus vidas y lo que les motiva. “Está bien saber que hay alguien en el mundo a quien le encantan las mismas cosas sobre el montañismo que a mí”, dice Egloff. “Kilian dijo que descubrió su espiritualidad en las montañas. Para mí es lo mismo”. Jornet también señaló la ruta más rápida del Mont Blanc. “Hagámoslo”, dijo Egloff. “Intentamos fijar un nuevo récord”.

Jornet accedió y 10 días después ambos salieron a las seis de la mañana para intentar mejorar el FKT de Jornet. A medio camino y 15 minutos por debajo del tiempo récord, parecía que podrían. Luego, mala suerte. “En cuanto comenzamos a subir por el glaciar, empezó a nevar”, cuenta Egloff. “Estábamos hundidos hasta la cadera”.  Al llegar a la cumbre, los hombres estaban 40 minutos atrás el tiempo récord. “Bueno, ahora sabes a dónde ir”, dijo Jornet. “Ahora podrás intentarlo en otra ocasión”.



Antes de irse, Egloff invitó a Jornet a su casa rentada, le presentó a Adriana y compartieron algo para comer. Egloff preguntó sobre el Everest. En mayo, Jornet había planeado intentar un FKT en la montaña, pero un enorme sismo sacudió la región. De todos modos voló a Nepal para ayudar al equipo de rescate. “No estábamos preparados para lo que vimos ahí”, dice. “El valle estaba totalmente destruido y nos pusimos a trabajar para encontrar cuerpos y registrar su ubicación. Tengo conciencia de lo que importa”.
 
“¿Regresarás para volver a intentarlo?”, Egloff le preguntó a Jornet. 

“Sí”, respondió Jornet. 

“Me encantaría acompañarte”, dijo Egloff. “Quizá darte el ritmo. Pero no estoy listo. Probablemente seas más rápido ahora que cualquiera, pero quizá seas aún más rápido en unos cuantos años. Tal vez tú también deberías esperar”. “No puedo”, dice Jornet. “Tengo que terminar mi proyecto”. 

Así que para el próximo año, Jornet planea regresar a Nepal para intentar fijar el FKT en la montaña más alta del mundo. Karl Egloff está seguro que intentará superarlo.

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