PAIN MAKER

El fundador del CrossFit Greg Glassman se volvió ridículamente rico cuando se convirtió en otra cosa por completo: un líder espiritual con un rebaño de millones.
Salud   |  2016-05-12  Nellie Bowles

Cuando Greg Glassman llega a Boston en el tecolote desde Santa Cruz, no tiene mucha información sobre la persona a la que fue a ver. Sabe que su nombre es Dawn Ditano y que se está muriendo. Y que para su rito de pasaje no quiso ni un rabino ni un sacerdote. Lo quiso a él, de 59 años, cofundador y CEO de la cadena más grande del entrenamiento: CrossFit.

Menos de 48 horas después, entra al Hospital General de Massachusetts acompañado por su gerente de marca internacional y ocasionalmente guardia, un exmarino de nombre Jimi Letchford. “¡Dawn, ya llegó el coach!”, una mujer grita cuando Glassman atraviesa la puerta. Desde donde está acostada, rodeada por una tropa de mujeres musculosas en playeras iguales de gimnasio, Ditano chilla: “¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío, ay, Dios mío!”, y después comienza a llorar. “Ahí estás”, dice Glassman riéndose mientras Ditano se le queda viendo con incredulidad. Ya está acostumbrado a esto, al efecto estupefaciente que tienen los acólitos de CrossFit. El hecho de haber sido llamado aquí, para esto, no parece sorprenderle. Incluso en pantalones y camisa de hospital azul, con sus bíceps y trapezoides reventados, Ditano se ve muy saludable. El cáncer llegó así, de la nada. Sus amigas han sacado varias fotos de ella para que las firme Glassman. En una se ve haciendo una sentadilla con una pesa de 60 kilos sobre su cabeza. Parece imparable, como la chica del póster del gimnasio CrossFit del cual es copropietaria y empleada en Boston desde el 2010.

Una enfermera regordeta en uniforme amarillo se detiene en la puerta, sorprendida por la gente. “Ah, hola”, saluda mientras observa al grupo de mujeres musculosas, a Glassman sonriendo valerosamente a un lado de Ditano y a Jimi Letchford con mentón cuadrado.
La amiga y socia de negocios de Ditano, Dawn Mary Angus, le presenta a Glassman. “Tenerlo aquí, para nosotras, es como tener a Mick Jagger”, explica. Después, Angus me cuenta que pasó el día previo en “terapia haltera” para manejar la pérdida de su amiga.


“La gente necesita un lugar en el mundo en donde no sea mamá, CEO o conserje. Es algo complicado de entender para los de afuera”.
La enfermera tiene que darle a Ditano una clase sobre cómo autoadministrarse medicamentos para el dolor, ya que pronto se irá a casa. Pero Ditano está ansiosa por tomar el rol de coach. Antes de hacer CrossFit, luchó contra la adicción y le da crédito al deporte por salvar su vida. “Piensa en un bebé”, le dice a la enfermera. “Cuando los bebés se agachan, no se doblan a la mitad desde la cintura como lo hace la mayoría de los adultos. Doblan las rodillas. El CrossFit se trata de hacer ejercicio con movimientos naturales”.


En ese momento, como planeado, un paquete de tubos de extensión IV se resbalan de las manos de la enfermera hasta el piso. Se agacha con cuidado, desde la rodillas, para recogerlo. “¡Ay, sí!”, grita Angus. “¡Sigue la sentadilla! ¡Mantenlo, mantenlo!”. La enfermera voltea a ver a Glassman, un hombre pequeño con cabello cano y desaliñado. Su pie derecho está en una bota acolchada por una reciente cirugía. “Una sentadilla sólida”, expone y el cuarto estalla en un aplauso.
Cuando la gente comenzó a hacer CrossFit en el 2001, era revolucionario y también un poco loco. Si vives, digamos, en Silicon Valley, en donde el deporte es popular entre la élite tech, quizá los hayas visto en camisetas sin mangas y pequeños shorts, volteando llantas o cargándose entre ellos por las escaleras. Los atletas —cualquiera que tome una clase es llamado atleta; los instructores son “coaches”; los gimnasios son “boxes”— combinan técnicas caseras de resistencia (por ejemplo, con llantas), carga de peso explosivo, correr y sentadillas para transformar sus cuerpos en máquinas musculosas que van con todo.


Pero el mayor atractivo del CrossFit es la feroz cultura tribal alrededor de él. Los CrossFitters entrenan, comen y van a fiestas juntos. También, que resulta natural con abdomen de lavadero y glúteos tonificados, tienden a acostarse entre ellos. Han sido descritos como un “culto de destacados”. 
Su mascota no oficial es un payaso que se vomita a él mismo y por un buen motivo: vomitar es prácticamente un rito de pasaje para los principiantes. Lesiones atroces a causa del deporte han sido bien documentadas.


Aun así, el CrossFit es una de las redes de gimnasios afiliados que más rápido crece en el mundo. Un nuevo “box” se abre en algún lugar del mundo cada dos horas y más de 115,000 personas han sido certificadas para ser coach. La empresa gana más de 100,000 millones de dólares al año por concepto de las cuotas de certificación que cuestan 1,000 dólares y por la cuota anual para gimnasio que cuesta 3,000, y sólo un hombre es propietario al 100%.


Ese hombre es Greg Glassman: un picante, encantador pero poco conocido, tres veces casado, padre de siete, quien quizá sea el líder espiritual más improbable en surgir en el siglo XXI. Para millones de CrossFitters devotos, Glassman es una atrevida voz libertaria. Es un predicador con una enorme plataforma, dado 
a los fuertes discursos contra la interferencia gubernamental y lo que él conoce como la conspiración Big Soda para engordar al mundo. Se rodea de un grupo de exmarinos y exSEALs, y se deleita en su lugar tras escenas. ¿Quién es este Mesías moderno? A Maxim le otorgaron un acceso sin precedentes para averiguarlo.


Greg Glassman nació en julio de 1956 y creció en Woodland Hills, un suburbio de 
la clase media alta de Los Ángeles. A las 10 semanas de nacido, le dio polio, aunque no fue diagnosticado hasta más de un año después, cuando le dieron una pequeña andadera. “Simplemente caminé a una pierna durante un rato. No soy del tipo flojo”, cuenta riéndose.Glassman pasó veranos con sus abuelos en Alabama, en donde él y sus primos dormían dos en una cama. “Fue lo único saludable en mi infancia”, recuerda. “En casa no había otra cosa que travesuras y vandalismo. Mi mamá tenía un espíritu bastante malo. Y mi papá convertía todo en una competencia”.


Cuando Glassman tenía 12 años, su padre, un científico, llegó con él con una bolsa de mil clavos y un micrómetro, y lo puso a medir cada clavo a una diezmilésima de pulgada y hacer un histograma de la lección. “Estaba en un ambiente mate-opresivo”, confiesa.
En la escuela, Glassman era agresivo: “Peleaba en cualquier oportunidad; esa parte todavía está en mí”. Pasó casi todo su tiempo libre trabajando su cuerpo superior. Dada su historia médica, los deportes de contacto no eran una opción y, con 1.67 metros, tampoco era competitivo en el nado. Pero en la gimnasia sí, por eso se convirtió en un hombre de aros, a pesar de la preocupación de sus padres de que se lastimara. “No podía correr tan rápido como otros, pero siempre pude hacer más dominadas que los demás”, recuerda. “Sólo necesitaba cal, los aros y que me dejaran solo”.


Al entrenar gimnasia todavía en la preparatoria, Glassman intentó enseñarse cómo hacer sentadillas, sólo para darse cuenta que no podía. Su cuerpo, fortalecido con rutinas de gimnasia clásica, no estaba tonificado para movimientos funcionales. “Como todas las religiones”, ejemplifica, “ésta fue una historia de redención”.


Glassman desarrolló casi todo el programa CrossFit en su cochera a los 16 años, mezclando gimnasia, levantamiento de potencia y calistenia. Fue a la universidad pero nunca terminó. “Fui a media docena de institutos, pero sólo estaba ahí por las chicas”.
La primera esposa de Glassman, Brandy Jones, fue su vecina de niña. La segunda, Lauren Jenai, fue una clienta con la que a la larga fundó CrossFit. 
En el 2012, tuvo un divorcio polémico y, con el riesgo de una absorción corporativa si Lauren vendía su mitad de la compañía, Glassman finalmente la compró por 16.2 millones de dólares. Conoció a su actual esposa, Maggie Robinson, de pura casualidad hace dos años: era mesera en un restaurante que frecuentaba en San Diego. O por lo menos es la versión de la historia que prefiere. “¿Eso te contó?”, dice con una risa Dale Saran, director legal de Glassman. “No, no, Maggie estaba
 en una cita conmigo”. “Bueno, Dale se quedó dormido en el jacuzzi”, coincide Glassman. “Alguien tenía que llevarla a casa”.


A finales de los 90, Glassman comenzó a acumular seguidores como un entrenador personal poco ortodoxo que metía a sus clientes a un frenesí de sprints y pesos muertos azarosos —y los entrenaba en la filosofía libertaria—. “La primera vez que lo conocí, pensé: ¿quién es este grandioso hijo de puta?”, cuenta Brian Mulvaney, quien conoció a Glassman en 1999 y con el tiempo se unió al equipo CrossFit como estratega. “Estás en la bici sufriendo y él intenta comprometerte intelectualmente”, remata.
A Glassman lo corrieron de un puñado de gimnasios por ser un rebelde antes de conseguir su propio lugar en el 2001. “Comencé con clientes militares y peloteros-tech”, narra. “Entre los tipos tech se dice que el ejercicio entra con dolor como el código entra con dolor. Además, ésas son las personas con trabajos en Santa Cruz”.


Glassman comenzó a publicar entrenamientos en internet que se volvieron virales. El atrevido capitalista Bill Gross, quien lanzó CitySearch.com e eToys.com, estaba listo para invertir, y la multimillonaria Meg Whitman de eBay fue miembro del consejo.
Luego la burbuja tech explotó antes de que Glassman recibiera financiamiento. Pero 
el CrossFit comenzó a crecer.
Al poco tiempo, Glassman comenzó a certificar a coaches y a establecer gimnasios “afiliados” e independientes que le pagaban una cuota anual —aunque fue muy selectivo, teniendo en la mira sólo a los fanáticos del ejercicio más comprometidos—. “Expresamente empezamos hasta arriba y fuimos rellenando”, dice. “Ningún SEAL hará el entrenamiento de la gente gorda. Pero la gente gorda hará el entrenamiento de un SEAL”.


Al principio, la gente estaba incrédula del CrossFit. Sin duda, se ve alarmante —ondeando pesas, la gente corriendo sin rumbo—. Y Glassman tampoco se hacía favores cuando, 
en el 2005, le dijo a The New York Times: “No te puede matar… si la noción de caerte de los aros y romperte el cuello te parece tan extraña, entonces no te queremos en nuestras filas”.


Pero las lesiones realmente nunca afectaron al deporte. Quizá sea porque el riesgo no es anormalmente elevado: con un índice de lesión de 3.1 por mil horas de ejercicio, CrossFit es aproximadamente igual que el levantamiento de pesas o el entrenamiento 
de triatlón, de acuerdo con un estudio del 2013 en The Journal of Strength and Conditioning Research. O podría ser porque Glassman y sus abogados han ido agresivamente tras cualquier organización que ha sugerido que CrossFit es particularmente peligroso. O quizá porque el atractivo para la comunidad CrossFit simplemente era grande y participantes felices se convirtieron en reclutadores activos. “Siempre me preguntan cuántos CrossFitters hay”, dice Glassman. “No tengo
 ni puta idea. Varios millones es la respuesta con la que estoy más cómodo. Es como calcular el tamaño del universo”.
La semana antes de ver a Glassman entregar el rito de pasaje, me reuní con él para el almuerzo en Santa Cruz. Letchford me advirtió que ya antes había dejado a periodistas. Cuando llegué al café al aire libre, escuché el murmullo de grandes hombres antes de verlo. “Llegó la hora”, dice uno.


La pandilla de Glassman —tres hombres, dos de ellos exmilitares— está parada, una falange de pectorales y trapezoides, y luego se hacen a un lado. Y ahí está el gran Greg Glassman. Con una barba gris y una vieja playera sobre su pecho muscular, se ve desaliñado e imponente hasta que se levanta de la silla. Glassman es chaparro, con caderas angostas y torcidas, y una cojera muy notable. No parece un gurú de la salud, tampoco la fuerza motivadora tras una de las cadenas de gimnasio que más crece en 
el mundo, mucho menos que podría aventar llantas o vivir a base de una dieta paleo libre de gluten. Si hay algo malo, es que se ve lastimado de la uña de su pulgar, está negra por un golpe, y su pie tiene soportes (una fractura por compresión se volvió artrítica).


Me da la mano y pide que me siente. Hoy Glassman no quiere hablar de CrossFit. Prefiere charlar de la lucha en Twitter que tiene con el cantante pop Nick Jonas. La riña comenzó en abril cuando CrossFit tuiteó una foto de una botella de refresco junto a las palabras “open diabetics”. Jonas, diabético, respondió con un tuit acusando a CrossFit de mezclar diabetes tipo uno con tipo dos. “Esto no es cool”, comenzó. Después, cuando ABC News le preguntó a Glassman acerca de la discusión, dice haber respondido simplemente: “Al diablo Nick Jonas”.
No lo creo, así que Glassman saca su teléfono para mostrarme el email. Y sí, es 
lo que escribió, “Al diablo Nick Jonas” —y me dice que quiere volar un banner sobre los Juegos CrossFit que también lo diga—.


Con una comida de calamares fritos, guacamole y pasteles de cangrejo, me entero que Glassman se ve como un hombre en guerra en múltiples frentes —con Big Soda, 
con asociaciones de medicina deportiva, con cualquiera que pregunte el valor de una sentadilla—. Por ahora, su mayor amenaza es una serie de propuestas de ley en varios estados para criminalizar a los entrenadores deportivos que no tengan certificación del American College of Sports Medicine o el National Strength and Conditioning Association. De imponerse, sería posible que la policía acuse a los coaches CrossFit por un delito menor. Una ley ya fue aprobada en D.C.: “No me voy a rendir ante idiotas con cabilderos”, dice. “Conseguiré a mi propio idiota cabildero”. Hace seis meses contrató a poderosos arregladores en D.C. para que pelearan la ley. “Voy a joder a algunas personas”.
Al siguiente lunes, manejo a la nueva propiedad de Glassman de seis hectáreas 
en Santa Cruz, al borde del Valle Larkin, con vista al agua y no lejos de la sede mediática de CrossFit.

 

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Foto: Carlos Chavarría